Un día de verano.

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Tras los altísimos tallos de trigo, apareció lento y cauteloso un sol rojo. Se le dibujaron finas cejas, ligeramente curvadas hacia arriba, y al instante se materializaron unos enormes ojos grises envueltos en espesas y largas pestañas oscuras.

Salió de él una risita, refrescante y dulce como un caramelo de fresa, y al segundo el solecito volvió a esconderse entre los matojos mecidos por el viento.

Me acerqué a ella unos metros, procurando ser silenciosa; pero la pequeña pelirroja lo escuchó y se escabulló entre la maleza, levantando tras de sí una nube de partículas de  salvado que se sostuvo en el aire unos segundos, mezclándose con el polen y la luz del mediodía.

La perseguí, rasgando ferozmente el aire que atravesaba, escuchando como las plantas se movían y se retorcían las ramas secas del suelo bajo las pisadas del pequeño huracán al que cada vez  iba ganando ventaja, hasta que ambas nos detuvimos a pocos metros la una de la otra, casi a la vez.

Sin previo aviso, se presentó antes mis pies un mar de amapolas rojas, tan profundo y extenso que llegaba más allá del horizonte y se perdía en el cielo con las gaviotas.                                              

La niña, sin pensárselo, se zambulló en él, dejándome atrás una vez más. Pero yo no me rendía y me lancé tras de sí, cubriéndome de pétalos y de gotas de roció la piel, esquivando mariposas revoltosas y pequeñas mariquitas sujetas en los tallos. Difuminé mis colores con los de las flores, me deshice en la húmeda tierra, me arrastré y filtré por todo el campo silvestre, sintiendo como cada fibra de mi cuerpo se embriagaba con una sensación salvaje de una libertad que hacía tiempo que no sentía. Experimenté la emoción en esta puro, ese sentimiento que parece un día normal en un momento cualquiera, y que nos enciende el pulso.   

                                                                                      

Me alcé con el viento unos instantes para otear desde arriba el océano de pétalos carmesí, desde donde vi algo entre la hierba, y allí me deslicé.

Envuelta en hojas, con la indomable melena de fuego ondeando en el aire, la hallé sentada, jugueteando con las hormigas que escalaban sus piernas de porcelana. Cuando sintió mi presencia, posó su mirada en mí, con expresión sorprendida.

Tenía las mejillas tintadas de rosa, como si se hubiera derramado agua de acuarela sobre su piel llena de pecas, y se mordía los labios, conteniéndose. Estuve observándola un rato, sosteniendo su mirada, y finalmente las dos estallamos en carcajadas.

Nos parecíamos muchísimo, a pesar de los años y de todo lo que había llovido durante ese tiempo.

Volví a mirarla a los grisáceos ojos, y como siempre que lo hacía, me devolvieron a unos años pasados, efímeros y, sobretodo, agridulces.                                                                                                    

El pinchazo en el costado que se siente al echar la vista atrás, al contemplar con melancolía recuerdos que provocan dolor por el hecho de ser inalcanzables y solo existentes ya en nuestros recuerdos. Fantasmas borrosos capturados en imágenes, en la voz de una nana lejana, el olor de un perfume embriagador, el tacto de una piel exquisita, las palabras de quien ya no recuerdo el rostro. También, una sensación de frescura, de brillo y de liviandad de una mañana de sol; el olor a tierra húmeda de una tarde de otoño en un parque; días azules y naranja con sabor a té de canela... Todo eso, en unos hermosos ojos perla.

Salvé la distancia que había entre nosotras, me senté en el manto de hojas para estar a su altura, y le acaricié la mejilla. Ante esto, ella sonrió con tristeza, sabía que ya se nos estaba acabando el tiempo.

A los niños no les gusta volver a casa cuando se lo están pasando bien jugando bajo el sol o en el agua, y con un esfuerzo titánico –aunque a veces también entre chillidos y lamentos- se resignan con amargura.

Ya era tarde, pero demasiado pronto para mí. Nos levantamos las dos, y ella me cogió de la mano, con una expresión de estoicismo en su mirada, que brillaba por las lágrimas contenidas que de un momento a otro caerían por su rostro.

Era hora de regresar a casa, de seguir con el ritmo de la vida adulta con la que siempre hemos soñado pero en la que nos hace falta soñar más.

 Era hora de retornar al mundo real, en el  que esa dulce niña solo era un recuerdo más de mi infancia en un día de verano, hasta que se pudiera personificar de nuevo para retomar nuestro juego en el que yo intento alcanzarla, como todos hacemos siempre.

Marta Expósito